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Crimen (y despiece) imperfecto  Просмотрен 90

A veces nos encontramos con casos en verdad truculentos. Hace algún tiempo tuvimos la oportunidad de participar en la investigación de uno muy particular. Unos mendigos, rebuscando entre la basura de un contenedor, en una localidad costera española, hicieron un hallazgo inesperado: una cabeza humana y dos brazos escondidos en el interior de una bolsa de deportes vieja. Tras una serie de pesquisas, la policía logró conocer la identidad de la persona, un emigrante latinoamericano que residía en las proximidades. Tras interrogar a las personas que con él vivían, una de ellas proporcionó importantes datos: durante una discusión, en evidente estado de ebriedad, el homicida habría golpeado con saña a la víctima hasta acabar con él y, no contento con esto, acabó colgándolo por el cuello en el patio de la casa. Cuando el homicida se dio cuenta de lo que había hecho, quiso librarse de responsabilidades intentando hacer desaparecer el cuerpo, que desmembró y escondió en lugares y momentos distintos. Su plan tuvo éxito a medias: no logró librarse de la cárcel, aunque la mayor parte del cuerpo no llegó a aparecer nunca. Las lesiones evidenciadas durante la autopsia en las partes corporales recuperadas coincidían con el relato mencionado. En la resolución de este caso fueron fundamentales las pruebas de ADN: había restos de sangre en las pertenencias de varias de las personas que compartían el mismo piso, que una vez cotejados con muestras genéticas de la víctima, demostraron su participación en, al menos, el proceso de desmembramiento.

Unos asesinos «compasivos»

Otro ejemplo de los extremos a los que pueden llegar los asesinos, a veces con una gota de humor muy negro, lo tenemos en este que podríamos haber llamado «el caso del Nolotil». La víctima era el contable de una banda de traficantes de droga de poca monta que, por la razón que fuera, había decidido cambiar de vida. Sus socios no vieron con buenos ojos la idea (sabía demasiado), así que trataron de hacerle cambiar de opinión, aunque no hablando, sino dándole una paliza descomunal en virtud de la cual, entre otras cosas, le rompieron el cráneo por varios sitios, pero sin matarle.

Tal vez pensando en darle una oportunidad para meditar (difícilmente podría hacerlo en su estado) le dejaron tirado en el suelo durante un rato. Sin embargo, al poco tiempo sus quejidos de dolor empezaron a resultar molestos. Sin saber muy bien qué hacer (llamar a un médico o llevarle a un hospital habría sido peligroso para el negocio, sin duda), le bajaron al sótano y lo encerraron allí, pero sus gritos seguían oyéndose. Uno de los matones, compasivo, pensó que el problema podría solucionarse de manera muy simple: bajó al sótano y dio a su víctima un Nolotil. Para que se le pasara el dolor. Cosa que, por supuesto, no ocurrió. Como tuvimos ocasión de observar más tarde, durante la autopsia, las lesiones eran gravísimas, y desde luego no se iban a curar con un analgésico.

En fin, como quiera que la víctima siguiera quejándose, finalmente la banda decidió bajar en grupo al sótano y acabar con la vida del ya excontable asfixiándole con una almohada. Todos estos detalles salieron a la luz durante el juicio, ya que el examen del cuerpo no dejaba lugar a dudas sobre las brutales condiciones del asesinato.

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